MEDITACIÓN DE LAS 24 HORAS DE LA PASIÓN
4.ª HORA
La Cena antes de la institución de la Eucaristía
Te postras a los pies de los discípulos en un acto de suma humildad para lavar sus pies con agua mezclada con tus lágrimas. Esto lo llevas a cabo intentando lavarlos de cualquier imperfección y así prepararlos para recibir el Sacramento.
Intentas reparar las obras santas y la administración de los sacramentos hechas por sacerdotes con espíritu de soberbia, vacíos de espíritu divino y desinterés.
Oh, mi afligido Bien, hago mía tu vida y, junto contigo, intento reparar todas estas ofensas. Quiero entrar en los más íntimos escondites de tu corazón divino y reparar con tu mismo corazón las ofensas más íntimas y secretas que recibes de tus más amados.
Y junto contigo quiero girar en todas las almas que te deben recibir en la Eucaristía y entrar en sus corazones, y junto a tus manos pongo las mías para purificarlos.
Bueno, como vemos, seguimos en esta tónica, o sea, de reparación, en donde nosotros debemos de unirnos a todo lo que Jesús lleva a cabo y hacerlo junto con Él.
No es lectura, no es lectura, sino es introducirnos en Él, fundirnos en Él y tratar de vivir esto, o sea, hacer una vivencia de esto. O sea, no quedarnos en la lectura, no quedarnos en el conocimiento intelectual, sino irnos un poco más allá.
Bueno, no es un poco: es un mucho más allá, que es vivirlo junto con Jesús.
Esto se puede hacer con la intención, pero en realidad, o sea, es bueno, sí, pero no, no es lo que Jesús quiere. La intención en nosotros, o sea, recordemos lo que hemos hablado de la intención, es el llamado que nuestra voluntad le hace a la Divina Voluntad para venir y actuar junto con nosotros.
Por lo tanto, la intención de estar en esto es llamar a la Divina Voluntad para vivirlo junto con Ella. O sea, esa es la intención.
En forma tradicional, la intención es un deseo, o sea, pero no se lleva a cabo el acto. Por lo tanto, debemos de ya mudar a esta forma de orar, a esta forma de estar con Jesús y repararlo, pero haciendo lo mismo que Él hizo y así cumplir lo que nos pide, que es reparar con sus mismas reparaciones lo que Él hizo para el Padre, para que el Padre quedara correspondido a nombre de toda la familia humana.
Eso es de Jesús para el Padre, pero Jesús queda prácticamente con este... ¿Cómo diríamos? Faltante esta... bueno, todos los sufrimientos que Él tiene que pagar para poder llegar a eso, y ahora somos nosotros los encargados de repararlo.
Pero ¿qué mejor reparación que la que Él hace dirigida a Él?
Sí, y ya luego, junto con Él, nos unimos para ir a la parte de reparar al Padre.
—Y es que la reparación como que sería una parte, pero la misma oración nos va igualando a Jesús, ¿no?
—Así es.
—No es este como que Él está, digamos, hasta abajo en la Pasión y nosotros desde el medio pudiéramos repararlo, sino que entre más oración y oración y oración vamos llegando a ese punto, a estar junto con Él.
—Exacto. Pero recordemos que la oración en la Divina Voluntad es un giro.
—Ah, sí.
—No es la oración tradicional, porque cometerían el error de empezar a hacer meditaciones sobre la Pasión al estilo anterior y entonces nos quedaríamos prácticamente en esa intención.
Pero una intención de deseo, no la intención real de la Divina Voluntad.
—Pero sí, es ese punto, ¿no? Hay que entrar en total y absoluta intimidad con Jesús, volviéndonos uno con Él, hacer lo mismo que Él hizo.
Vamos a seguir.
Reparación por las almas que deben recibir a Jesús
“Ah, Jesús, con estas tus lágrimas y esta agua con las cuales lavaste los pies de los Apóstoles, lavemos a las almas que te deben recibir, purifíquenlos, incendiémoslos, sacudamos de ellos el polvo con el cual están manchados, a fin de que, recibiéndote, Tú puedas encontrar en ellas tus complacencias en vez de tus amarguras.
En estos Apóstoles ves representados los futuros hijos de la Iglesia y cada uno representa tus dolores: en uno, las debilidades; en otro, los engaños; en otro, las hipocresías; en otro, el amor a los intereses; en Pedro, las ofensas de los jefes de la Iglesia; en Juan, las ofensas de tus más fieles; en Judas, a los apóstatas, etc.
Y Tú reparas por cada una de estas ofensas, consiguiendo el remedio oportuno.
Jesús mío, también yo me uno a Ti. Hago mías tus plegarias, tus reparaciones, tus oportunos remedios para cada alma. Quiero mezclar mis lágrimas a las tuyas, a fin de que jamás estés solo, sino que siempre me tengas contigo para dividir tus penas”.
Esto es exactamente lo que nos decía Alejandro: la oración. Pero la oración es hacer nuestras, hacer nuestras, todo lo que Él hacía; hacer nuestro todo lo que Él reparaba.
No es leerlo, no es decirlo, no es pensarlo, no es desearlo. Es vivirlo.
O sea, en pocas palabras, yo diría: es transformarnos en... para poder tener todo lo que Él hizo por medio de la Divina Voluntad y poder ofrecérselo a Él como una reparación.
—Y a lo mejor, este... digo, no desesperarse de que al principio no se puede uno igualar a Jesús, pero como que cada oración nos va uniendo, como que va quitando capas, ¿no? Que puede ser un año de oración o diez años de oración o un mes de oración, pero cada quien... Pues será diferente. Pero no desesperarse porque al principio no se siente.
—Bueno, eh, totalmente de acuerdo. Nada más que estamos tratando de poner las cosas como para meditar, para poder ayudar a Jesús en esta Cuaresma, en esta Semana Santa.
Es totalmente cierto lo que dice. Llegar a fundirnos totalmente en Jesús no es sencillo. Llegar a fundirnos en la Divina Voluntad no es sencillo. Pero, cuando menos, que tengamos la intención y el firme conocimiento de que esto es lo que debemos estar haciendo.
O sea, ese es todo el... como la... el final de esto.
Porque si me quedo nada más en la lectura y “a ver cuándo entro definitivo”, no se va, no se va a lograr.
Entonces debemos entrar a leer, pero con la firme convicción de que estamos unidos a Él. Se dé o no se dé todavía, por mi inmadurez en la Divina Voluntad, eso no importaría.
Lo que importa es ese espíritu de unión con Él.
Y además, al que más le interesa es a Jesús. Jesús es el más interesado en que esto se lleve a cabo. Por lo tanto, Él remediará nuestra debilidad, nuestra insuficiencia, y lo tomará como si realmente estuviéramos ahí.
Y en ese momento será una realidad. Una realidad que no veremos, no experimentaremos nosotros en forma real aquí en vida, pero que queda como actos hechos ya en presencia de Él, en la eternidad.
Y cuando lleguemos a ese punto, cuando muramos, nos vamos a dar cuenta de que todo eso es una realidad y lo veremos y lo viviremos nuevamente con Él.
—Sí. Aunque no sintamos esa unión, la reparación se está haciendo.
—Así es, se está logrando.
Así es.
Pero Judas, viendo la dureza de su corazón, casi desfallece y yo, comprendiendo tu sufrimiento, quiero sostenerte y, mientras te reparo por las ofensas que recibes de aquellos que no se quieren convertir, recorro junto contigo la tierra para darles tus lágrimas, tus besos y abrazos de amor, para unirlos a Ti, consolándote por la pérdida de Judas.
Bueno, en fin. Esto es el punto del girar y es, sobre todo, la confirmación de que el vivir en la Divina Voluntad es darle el bien a toda la familia humana.
La institución de la Eucaristía
Terminando de lavar sus pies, en la mesa tomas el pan y el vino en tus manos, lo ofreces al Padre, dándole las gracias y pidiéndole que concurra contigo para quedar en cada corazón y servida de ellos, dándoles luz, fuerza y ayuda.
En tus manos se encuentran todas las hostias que serán consagradas hasta el final de los siglos y, en cada una de ellas, desplegada tu Pasión.
Algo que vale la pena comentar: Jesús, siendo quien es, siempre recurre al Padre, siempre recurre a la ayuda del Padre, a la petición al Padre.
O sea, no importa que Él sea segunda Persona de la Trinidad, que lo tenga todo. Por lo tanto, eso nos debe enseñar que mucho de estas reparaciones que debemos hacer tenemos también que recurrir a este... a este artificio de pedirle al Padre que nos permita entrar en consonancia con su Hijo y poder llevar a cabo lo que Él hace.
“Y yo quiero encontrarme siempre en cada consagrada, ofreciéndote actos de reparación por cada ofensa.
Te beso la frente, sintiendo en mis labios los pinchazos de las espinas que las criaturas te ponen por sus pensamientos malos. Yo la abajo junto contigo para compartir tus penas, poniendo mis pensamientos en tu mente para quitar esas espinas y hacerte reparación por cada pensamiento malo.
Beso tus ojos, que esperan a aquellos que deben recibirte para intercambiar miradas de amor, pero inútilmente esperan. Por eso siento en mis labios tus lágrimas y te ofrezco mis miradas, teniéndolas siempre fijas en Ti.
Beso tus oídos, a los cuales llegan, en vez de agradecimientos, alabanzas, bendiciones, etcétera, llegan oraciones hechas desconfiadas, rutinarias, y yo, como reparación, quiero ofrecerte todas las armonías del cielo, uniendo mis oídos a los tuyos para darme cuenta de las ofensas que recibes y poner mi acto de reparación y consolarte.
Beso tu rostro ensangrentado, pues las criaturas, en vez de estar atentas a Ti con sus actos, en vez de darte honor, te dan golpes, y yo quiero poner mi rostro junto al tuyo, fundiéndose con Él, todo lo que a Él le está llegando”.
Y le está llegando tanto en la forma espiritual, también en la forma material.
Y entonces uno se pregunta y dice: “Bueno, ¿voy a sentir lo que Jesús sentía?”
Como dice Luisa aquí, definitivamente esto es solamente que Jesús nos lo quisiera compartir. Podríamos llegar al punto de tenerlo en forma sensible.
Pero todos nuestros dolores, todos nuestros problemas que hemos tenido, y me voy a referir a los problemas físicos ahorita, los podemos unir como el sufrimiento compartido con Él.
Dolores que hayamos tenido, desde los más insignificantes, dolor de cabeza, un dolor de estómago, un dolor por algún malestar en general, o sea, todo esto lo podemos fundir en los dolores de Jesús y Él lo tomará como que realmente estamos compartiendo con Él sus dolores, sus sufrimientos.
Lo mismo podría ser en cuanto a los sufrimientos morales y los sufrimientos espirituales.
Los morales, bueno, el abandono de sus discípulos, la indiferencia de la parte religiosa de su tiempo, el abandono de su mamá, de su Madre Santísima, en fin, todo este tipo de padecimientos de Él también los podemos fundir con algo semejante que hayamos tenido en este mundo.
Yo creo que todos hemos sentido en alguna ocasión el dolor de un abandono, el dolor de una traición. Y eso se une al sufrimiento de Jesús y eso nos da la oportunidad de empezar a percibir, de alguna manera, estos dolores de Él, y Él sentirá repetir nuevamente sus mismos dolores.
“Beso tu boca, pues quedas amargado al ser recibido, encontrando lenguas impuras, malas. Quiero encontrarme en la boca de cada una de las criaturas que te reciben, reparar cada ofensa.
Beso tu pecho. Es tal y tanto el fuego que Él contiene que, para dar un poco de desahogo a tus llamas, que se elevan tan alto, Tú, queriendo hacer un descanso en tu trabajo, quieres jugar en el Sacramento y tu juego es formar flechas, dardos, saetas, a fin de que, cuando vengan ante Ti, Tú te pongas a jugar con las criaturas, haciendo salir de tu pecho tus flechas para flecharlas, y cuando las reciben Tú haces fiesta y formas tu juego.
Pero muchas, oh Jesús, te las rechazan y, enviándote en correspondencia flechas de frialdad, dardos de tibieza y saetas de ingratitud, y Tú quedas tan afligido por eso que lloras, porque las criaturas te hacen fracasar en tu juego de amor.
Oh Jesús, he aquí mi pecho dispuesto a recibir no solo tus flechas destinadas para mí, sino también aquellas que te rechazan los demás, y así no quedarás más frustrado en tus juegos.
Y quiero también repararte por las frialdades, las tibiezas y las ingratitudes que recibes”.
¿Cuánto habrá sufrido Jesús ante este, no sé, rechazo, ante esta indiferencia del mundo a este Sacramento?
¿Cuánto habrá sentido el haberse quedado en la... para continuar su Pasión continuamente hasta el final de los siglos y que la gente no lo toma en cuenta?
Incluso las personas que se acercan a la Eucaristía, pues se acercan con amor, se acercan realmente con esa intención de, pues, recibirte, de alabarte, de bendecirte, pero no tenemos una idea de lo que está pasando en el momento de recibirlo.
No tenemos la idea de que es Jesús quien está sufriendo su Pasión en acto en nosotros, que nos está uniendo a su Pasión en nosotros.
Y la pregunta es: ¿qué sentirá? ¿Qué habrá sentido el haberse quedado en este acto tan, ¿cómo diríamos?, tan amoroso de poder entrar en cada uno de nosotros a través de esta consagración, a través de esta... y encontrar un corazón frío, no totalmente entregado a Él y que está distraído con cosas humanas.
¿Cuántas veces no hemos ido a recibir el Sacramento y nos entretenemos en pensar en otras cosas, en hablar, platicar con otras personas, incluso en cantar? O sea, ese canto, esa idea de que el que ora cantando ora dos veces, definitivamente en este momento de recibir la Eucaristía, no. Yo digo que no es válido.
Es la divinidad que está dentro de cada uno de nosotros. No solo es Jesús, o sea, es el Verbo eterno que, por su naturaleza, también... y donde está el Verbo eterno está el Padre y está el Espíritu Santo.
Tenemos a la Trinidad en nosotros, tenemos a nuestra Madre Santísima en nosotros y, donde están ellos, está el cielo, toda la patria celestial está en nosotros.
Y, por si fuera poco, toda la creación, todas las obras de Él están en nosotros.
Por lo tanto, ¿qué tenemos? Todo.
¿Qué deberíamos de estar haciendo? Agradeciendo, alabando, bendiciendo, glorificando por cada cosa creada.
Deberíamos de estar total y absolutamente inmersos en ese amor divino para hacerlo nuestro y ofrecérselo a Él como una reparación por toda la falta de amor que tienen todas las criaturas.
Deberíamos de estar atentos a estas flechas de amor que nos quiere dar para atarnos a Él y liberarnos, liberarnos de estas cadenas de amor, entre comillas, humano; de un amor, entre comillas, humano.
O sea, amor al trabajo, amor a algún hobby, amor a algún vicio, amor a algún pecado.
O sea, todo lo que nosotros hacemos debemos recordar que lo hacemos por amor.
El ser humano no hace nada, nada, si no es por amor, entendiendo el amor como la entrega.
Por lo tanto, este amor, esta entrega que debiéramos tener hacia Jesús, la estamos utilizando para entregarnos a otras labores, a otras cosas, a otras personas, y a Él lo dejamos prácticamente solo.
Entonces, imaginémonos toda esta inmensidad que entra en nosotros, que está en nosotros, que busca un fundirse con nosotros, y nosotros nos ponemos a cantar.
O sea, esta meditación, en este estar con Él, no.
Simplemente terminó la Misa, nos damos la media vuelta y nos salimos, encontramos a personas conocidas, platicamos, hacemos y nos vamos a nuestras labores sin mayor pensamiento de lo que llevamos dentro.
Una Divinidad completa, sola, abandonada, donde no tenemos esa delicadeza de dedicarnos a Ella.
Bueno, esto es lo que nos está diciendo en estas palabras: o sea, queda afligido, queda frustrado en sus juegos de amor.
Y eso de “juegos”, bueno, es un decir, es una forma de darlo a entender. Yo más bien diría: en estos sufrimientos de amor que nos quieren conquistar por medio de entender todo lo que tuvo que sufrir por nosotros.
Seguimos.
Reparación por los sacrilegios y las indignidades
“Beso tu mano izquierda y quiero reparar por todos los tocamientos ilícitos y no santos hechos en tu presencia y te ruego que con esta mano me tengas siempre estrechado a tu corazón.
Beso tu mano derecha e intento reparar todos los sacrilegios, especialmente las misas malamente celebradas.
¡Cuántas veces, amor mío, Tú eres obligado a descender del cielo a las manos de los sacerdotes, encontrando esas manos llenas de fango, chorreando inmundicia, y Tú, aunque sientes náusea de esas manos, te ves obligado por tu amor a permanecer en ellas!
Es más, en algunos sacerdotes Tú encuentras en ellos a los sacerdotes de tu Pasión que, con enormes delitos y sacrilegios, renuevan el...”
Sí. Esto dice de las manos de los sacerdotes, de algunos sacerdotes. ¿Qué dirá de las manos de los laicos que lo reciben en las manos?
No quiero imaginar lo que esas manos han hecho unos instantes o unos días antes de recibirlo en la mano. No me agradaría conocer exactamente a qué se dedican esas manos, cuáles son sus diversiones, cuáles son esos tocamientos de los que habla.
Sí, no solo en su presencia, sino fuera de su presencia, pero que con esas mismas manos vamos a recibirlo en la mano, creyéndonos lo suficientemente dignos de poder recibirlo de esta manera, pensando que tanto la mano como la boca son impuros y que lo mismo da recibirlo en una u otra forma.
Definitivamente, creo que si esto nos está hablando de los sacerdotes, pienso que deberíamos de meditarlo perfectamente y ver si realmente nuestras manos, aun sin ser consagradas, serían dignas.
No, porque de nosotros no hay nada digno como para poder recibirlo a Él, pero son aptas para que Él pudiera sentir un amor, un beneplácito en ser tocado por estas manos.
Seguimos todavía.
“Ah, te ruego que, cuando te encuentres en esas manos, me llames para estar presente y para repararte. Quiero cubrirte con la pureza de los Ángeles, perfumarte con tus virtudes para disminuir el hedor de aquellas manos, y mi corazón como consuelo y refugio.
Y mientras estés en mí, yo te rogaré por los sacerdotes para que sean dignos ministros tuyos y no pongan en peligro tu vida sacramental”.
—Cargado de todas las penas como estaba, debía forzar al Omnipotente que aceptara y que me hiciera continuar mi sacrificio por la salvación de todo el género humano, presente, pasado y futuro.
Y esto lo obtuve. El sacrificio dura aún. El esfuerzo es continuo, si bien esfuerzo todo de amor.
¿Y quieres saber dónde y cómo? En el Sacramento de la Eucaristía. En Él, el sacrificio es continuo, perpetuo. Es la fuerza que hago al Padre para que use misericordia con las criaturas y con las almas, para obtener su amor, y me encuentro en continuo contraste de morir continuamente, si bien todas muertes de amor.
¿Qué te da esto? ¿Qué sentimos cuando oímos esto?
—Puro amor.
—Puro amor sufriente.
El sacrificio es continuo y así debe ser también nosotros: continuo el sacrificio para Él, su acompañamiento, sus reparaciones no continuas...
—Así es.
—Y debería de ser continua también nuestra unión con Él. No dejarlo salir de nosotros.
O sea, la vida real de Jesús se queda en la criatura durante 10 o 15 minutos máximo, mientras se deshace la forma, mientras se deshace la especie, puede ser el pan o puede ser el vino.
Y una vez deshecha la especie, la vida real se va, porque no encuentra el lugar adecuado, no encuentra las condiciones adecuadas para poder quedarse.
Nos deja la gracia, sí, pero su vida real no está.
Entonces, ¿qué es lo que Él quisiera encontrar?
Bueno, todo ese material adecuado para que Él pudiera desarrollar su vida en nosotros. Y eso se llama Divina Voluntad.
Él quisiera encontrar su Voluntad en cada uno. Quisiera encontrar todos los... ¿Cómo diríamos? Todo lo necesario para desarrollar sus acciones, pero, sobre todo, quisiera encontrar ese amor que la criatura debiera tenerle para estar siempre en esa unión.
Y entonces Jesús, la vida real de Él, no se iría de nosotros, sino estaría continuamente, y este sacrificio continuo, perpetuo, se cambiaría en gozo y en alegría, porque se vería colmada la finalidad con la cual se quedó en la Eucaristía, que era llegar a nosotros y hacer vida en nosotros.
O sea, instaurando el Reino de Él, de su Divina Voluntad, en cada una de las criaturas.
Que esa es la finalidad de la Eucaristía.
La finalidad de la Eucaristía que hemos tomado, hasta donde hemos conocido, es que Jesús viene a nosotros como Maestro, como Redentor, como Médico, como Consejero, pero no como vida.
Y aunque lo decimos, pero no teníamos los modos, los medios para poder lograrlo.
Ahora, por medio de la Divina Voluntad, sabemos que Él no solo encontraría su vida, todo lo necesario para que desarrollara su vida, sino que nos daría la oportunidad de fundirnos con Él.
Dice:
“Beso tu pie izquierdo y quiero repararte por quienes te reciben por rutina y sin las debidas disposiciones.
Beso tu pie derecho y quiero repararte por aquellos que te reciben para ultrajar.
Beso tu corazón, con el cual se hacen todas las ofensas, y yo intento repararte de todo y por todos, darte una correspondencia de amor y siempre junto contigo compartir tus penas.
Enciérrate en tu corazón y, con las cadenas de tu amor, no solo aprisióname, sino ata uno por uno mis pensamientos, mis afectos, mis deseos. Átame las manos y los pies a tu corazón para que yo no tenga otras manos y otros pies que los tuyos.
Así que, amor mío, mi cárcel será tu corazón, las cadenas, el amor; las puertas que me impedirán salir serán tu Santísima Voluntad. Tus llamas serán mi alimento, tu respiro será el mío.
Así que no veré más que llamas, no tocaré sino fuego que me darán vida y muerte, como la que sufres Tú en la...
Y así te daré mi vida y, mientras yo quedaré aprisionada en Ti, Tú quedarás libre en mí.
En esta estás esperando los corazones de las criaturas para descender en ellos y salir de tu prisión, y con las cadenas que te ataban, de encadenar sus almas a tu amor.
Pero con sumo dolor ves que vienen ante Ti con un aire indiferente, sin premura por recibirte. Otras, de hecho, no te reciben, y otras, si te reciben, sus corazones están atados por otros amores y vicios.
Y Tú, Vida mía, estás obligado a salir de estos corazones encadenado como entraste, porque no te han dado la libertad de hacerte atar y han cambiado tus ansias en llanto.
Jesús mío, permíteme que enjugue tus lágrimas y te tranquilice el llanto con mi amor y, para repararte, te ofrezco las ansias y suspiros, los deseos ardientes que te han dado todos los santos que han existido y existirán, los de tu mamá y el mismo amor del Padre y del Espíritu Santo.
Y yo, haciendo mío este amor, quiero ponerme a las puertas del Tabernáculo para hacerte las reparaciones y gritar detrás a las almas que quisieran recibirte para hacerte llorar: ‘Te amo’.
Y tantas veces intento repetir estos actos de reparación por cuantos contentos das a todos los santos y por cuantos movimientos contiene la Santísima Trinidad”.
Comentario final de la cuarta hora
Bueno, es un resumen de esta cuarta hora.
Y ahora vamos a comentar un poquito lo que Él nos habla a través de las lecturas del Libro de Cielo, o sea, sobre esta hora de la Pasión.
Sí. En el volumen 20, la lectura 21, dice Jesús:
“En el Evangelio se lee con asombro cuando Yo, postrado a los pies de mis Apóstoles, les lavé los pies y no omití ni siquiera al pérfido Judas. Este acto, ciertamente muy humilde y de indecible ternura, del cual la Iglesia hace memoria. Pero fue solo una vez que hice este acto.
En cambio, mi Voluntad desciende más en lo bajo, se pone bajo los pies con un acto continuado para sostenerlos, para volver firme la tierra, a fin de que no se precipiten en el abismo. Sin embargo, ninguna atención”.
¿Lo habremos pensado alguna vez? ¿No habremos tenido en cuenta qué es lo que nos mantiene en este mundo, como dice aquí en la lectura?
O sea, ¿habremos pensado que la tierra nos sostiene, sirve de cimiento para todo lo que nosotros hacemos? ¿Y habremos pensado que es la Divina Voluntad quien lo está promoviendo, quien lo está haciendo?
No. Y, sin embargo, es un acto continuado en donde se presenta siempre la acción de Ella para mantenernos.
Y no solo esto. O sea, en todo lo creado está la Divina Voluntad para traernos todos los beneficios, todos los dones y todos los oficios que Dios le encargó para nosotros, porque todo fue creado para nosotros.
Entonces, la pregunta que Jesús se hace aquí es: ¿realmente habrá sido el acto supremo de humillación, de esta humildad, el lavar los pies, el lavarle los pies incluso a Judas?
¿No será más bien el acto mayor de humillación el servir a criaturas que incluso son contrarias, que incluso son asesinas de Él, que lo estamos sacrificando, que lo estamos matando en nuestro interior y, en Él, hace 2000 años?
Y, sin embargo, se pone sobre el suelo para que nosotros lo pisemos y Él nos sostiene. Se pone en el agua, en el alimento, en el aire para sostener nuestra vida, incluso la vida de pecado.
O sea, se somete igual que nos comentaban en la Pasión, que Él abaja la cabeza para recibir las espinas, pone la otra mejilla para recibir otra bofetada, que nunca reclama absolutamente por nada.
O sea, todo esto que hace lo está haciendo continuamente para nosotros y nosotros somos los que lo golpeamos, los que lo abofeteamos, los que lo jalamos, lo amarramos, lo encadenamos, lo flagelamos.
Y, sin embargo, siempre, siempre en sus labios:
“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
Y nos preguntamos: ¿en verdad en la actualidad no sabremos lo que hacemos?
Pues cada día vamos sabiendo más, cada día vamos sabiendo más.
O sea, en realidad, comparados con los de hace 2000 años, ellos tenían muchas dudas, tenían muchas incertidumbres, muchas costumbres que los ataban a una tradición, en fin, y tenían a un cuerpo sacerdotal que los desviaba totalmente de Jesús.
Tenían... los romanos eran paganos prácticamente, no tenían ninguna noticia del Dios verdadero.
Y, sin embargo, o sea, ahí ellos eran menos culpables que nosotros.
Nosotros sí sabemos quién es Jesús. Nosotros sí sabemos lo que sufrió. No sabemos por qué lo está sufriendo.
Y entonces la pregunta es: ¿por qué seguimos igual? ¿Por qué seguimos sacrificándolo? ¿Por qué seguimos humillándolo, todo para menospreciar todo lo que Él es y lo que Él hace?
Ojalá tuviéramos un poco de agradecimiento, que tuviéramos un poco de dignidad para decirle, cuando menos:
“Gracias. Gracias te sean dadas por todo lo que has hecho”.
Sí. Vamos a seguir.
Cómo recibir a Jesús en la Eucaristía
En la lectura 11-111 dice:
“Después de haber recibido la Santa Comunión, pensaba para mí cómo debía ofrecerla para complacer a Jesús y Él, siempre benigno, me dijo:
‘Hija mía, si quieres agradarme, ofrécela como la ofreció mi misma Humanidad.
Yo, antes de darme en comunión a los demás, me comulgué a Mí mismo y quise hacer esto para dar al Padre la gloria completa de todas las comuniones de las criaturas, para encerrar en Mí todas las reparaciones de todos los sacrilegios, de las ofensas que habría de recibir en el Sacramento.
Mi Humanidad, encerrando la Voluntad Divina, encerraba todas las reparaciones de todos los tiempos y, recibiéndose a Mí mismo, me recibía dignamente.
Y como todas las obras de las criaturas fueron divinizadas por mi Humanidad, así también quise sellar con mi comunión las comuniones de las criaturas. De otra manera, ¿cómo podía la criatura recibir a un Dios?
Fue mi Humanidad la que abrió esta puerta a las criaturas y les mereció recibirme a Mí mismo.
Ahora tú, hija mía, recíbeme en mi Voluntad, únete a mi Humanidad y así encerrarás todo, y Yo encontraré en ti las reparaciones de todos, la retribución de todo y mi complacencia; más bien, encontraré otra vez a Mí mismo en ti’”.
Bueno, es una petición, diría yo, de cómo lo debemos recibir. O sea, debemos recibirlo unidos a su Humanidad, a su Voluntad y a su Divinidad.
O sea, a su Humanidad, ¿por qué a su Humanidad?
Bueno, todo lo que la Humanidad de Jesús hacía, ¿cuál era...? ¿Qué era, perdón? Es ponerse a disposición de la Divina Voluntad para que fuera Ella la que pusiera todo lo divino en sus actos de Él y así volver actos divinos y poder desarrollar una vida divina, pero a partir de Él.
No solo por tener al Verbo eterno unido, sino ahora su propia Humanidad unida a esta Divina Voluntad, poder elevarse a la altura del Verbo eterno, que es el que era su propia naturaleza.
Y eso nos lo confirma en una lectura donde dice el Verbo eterno, está hablando, y dice:
“Yo, cuando tomé una Humanidad, no me abajé, sino elevé a la Humanidad a mi mismo nivel”.
Pero eso era voluntario de Jesús, no era forzado, sino era voluntario.
Así que necesitamos entender esta parte para poder llegar a aquilatar un poco lo que quiere decir recibir a Jesús.
Sí, recibirlo en el Sacramento.
Entonces eso es en su Humanidad, en su Voluntad, haciendo lo mismo que hacía la Voluntad Divina en la Humanidad de Jesús.
Con los actos de Jesús me uno a la Divina Voluntad para que Ella sea la que lleve, la que divinice mis actos y los ponga siempre en honor, en gloria, en alabanza y en amor para Jesús.
Y luego, unido a la Divinidad, la Divinidad recibe estos actos de Jesús, recibe todo lo que Él quería recibir de parte de la criatura y corresponde con gracias para toda la familia humana.
Por lo tanto, Jesús se une a la Divina Voluntad, actúa la Divina Voluntad en sus actos, se le da al Padre la gloria, el amor y el Padre corresponde con dones, con gracias, con atributos, con conocimiento, con luz, con fuerza para toda la familia humana.
Son esas dos corrientes entre la Divinidad y la criatura viviendo en la Divina Voluntad.
Es la corriente de la criatura hacia Dios y Dios correspondiendo hacia las criaturas.
Pero no es hacia la criatura, sino ahora es hacia las criaturas, pero todo debido a los actos de la criatura.
Sí.
A ver, vamos al volumen 12, lectura 24.
Dice Luisa:
“Esta mañana, después de haber recibido al bendito Jesús, estaba diciéndole:
‘Vida mía, Jesús, dime cuál fue el primer acto que hiciste cuando te recibiste a Ti mismo sacramentalmente’.
Y Jesús:
‘Hija mía, el primer acto que hice fue el de multiplicar mi vida en tantas vidas mías por cuantas criaturas puedan existir en el mundo, a fin de que cada una tuviera una vida mía únicamente para ella, que continuamente reza, agradece, da satisfacción, ama por ella sola.
Como también multiplicaba mis penas por cada alma, como si por ella sola sufriera y no por otros.
En aquel momento supremo de recibirme a Mí mismo, Yo me daba a todos y a sufrir en cada uno de los corazones mi Pasión, para poder sojuzgar los corazones por vía de penas y de amor, y dándoles todo lo mío divino, venía a tomar el dominio de todos.
Pero ¡ay de Mí!, mi amor quedó desilusionado por muchos y espero con ansia los corazones amantes que, recibiéndome, se unan conmigo para multiplicarse en todos, deseando y queriendo lo que quiero Yo, para tomar al menos de ellos lo que no me dan los otros y para recibir el contento de tenerlos conforme a mi deseo y a mi voluntad.
Por eso, hija mía, cuando me recibas, haz lo que hice Yo y Yo tendré el contento de que al menos seamos dos que queremos la misma cosa’”.
Entonces, ¿qué espera Jesús que hagamos?
—Lo mismo que Él.
—Ajá. Que cuando lo recibamos, o sea, nos multipliquemos, una vida nuestra por cada vida de Él sacramental, que nos pongamos en todos.
—Sí, deseando y haciendo lo mismo que Él hacía.
O sea, esta parte no es posible llevarla a cabo más que por los dos medios que comentábamos hace unos momentos: por medio de una intención humana, que quedaría en un deseo, que en deseo Jesús lo acepta como bueno, lo agradece, pero no se convierte en acto.
O lo podemos llevar a cabo a través de la Divina Voluntad y entonces se convierte en un acto y nos encontraremos multiplicados tantas veces como vidas sacramentales Jesús sacó de Sí en el momento de la consagración.
Así que, si hacemos esto, Él nos encontrará en cada una y podrá tomar de nosotros todo lo que Él quiere recibir.
Y lo que Él quiere recibir es todo el cúmulo de actos de su vida, toda su vida entera, como acto de reparación unido en un solo acto para Él.
Este es el deseo de nuestro Jesús.
Entonces hagamos lo que Él hizo.
—Sencillo.
—Sí, con Él.
Multiplicación de la vida de Jesús
Vamos a la última.
Dice la lectura 14-16:
“Hija mía, conforme el alma hace sus actos en mi querer, así multiplica mi vida, de manera que si hace 10 actos en mi Voluntad, 10 veces me multiplica; si hace 20, 100; 1000 o aún más, tantas veces de más quedo multiplicado.
Sucede como en la consagración sacramental: cuántas hostias ponen, tantas veces quedo multiplicado.
La diferencia que hay es que en la consagración sacramental tengo necesidad de las hostias para multiplicarme, pues no puedo quedar sin ellas antes de consagrarme.
Mi Voluntad me consagra y me encierra en el acto de la criatura y Yo quedo multiplicado en cada acto suyo hecho en mi Voluntad.
Por eso mi amor tiene su desahogo completo con las almas que hacen mi Voluntad y viven en mi querer.
Son siempre ellas las que suplen no solo a todos los actos que me deben las criaturas, sino a mi misma vida sacramental.
¡Cuántas veces queda obstaculizada mi vida sacramental en las pocas hostias en las que Yo quedo consagrado, porque son pocos los que comulgan! Otras veces faltan sacerdotes que me consagren y mi vida sacramental no solo no queda multiplicada cuanto quisiera, sino que queda sin existencia. ¡Oh, cómo sufre por ello mi amor!
Quisiera multiplicar mi vida todos los días en tantas hostias por cuantas criaturas existen, para darme a ellas, pero en vano espero. Mi Voluntad queda sin efecto.
Pero lo que he decidido, todo tendrá cumplimiento. Por eso tomo otro camino y me multiplico en cada acto de la criatura hecho en mi querer, para hacerme suplir a la multiplicación de las vidas sacramentales.
Así solo las almas que vivan en mi querer suplirán a todas las comuniones que no reciben las criaturas, a todas las consagraciones que no son hechas por los sacerdotes. En ellas encontraré todo, aun la misma multiplicación de mi vida sacramental.
Por eso te repito que tu misión es grande. Una misión más alta, más noble, sublime y divina no podría escogerte.
No hay cosa que no concentraré en ti. Aun la multiplicación de mi vida haré nuevos prodigios de gracia, jamás hechos hasta ahora.
Por eso te pido: sé atenta, sé fiel. Haz que mi Voluntad tenga vida siempre en ti y Yo, en mi mismo querer, en ti encontraré toda completada la obra de la creación, con mis plenos derechos y todo lo que quiero”.
Lo sacramental tiene necesidad tanto de la forma del sacerdote que la consagre y de la persona que lo reciba.
En la Divina Voluntad es la misma Divina Voluntad quien consagra cada acto de la criatura. Por lo tanto, se quitan todas esas necesidades y puede estarse consagrando continuamente.
Por eso es que tantas vidas sacramentales que Él sacó de Sí en el momento de la consagración, allá, hace 2000 años, esas vidas que han quedado prácticamente sin poderse dar, ahora el alma que vive en la Divina Voluntad se vuelve depositaria de esas vidas y la suplidora de esas consagraciones.
Porque ahora cada acto de la criatura servirá como una... como una forma donde se consagre esa vida.
Podríamos seguir hablando eternamente de esto, pero creo que con esto nos queda más o menos semblante lo que es esta cuarta hora de la Pasión.