La mujer en el plan divino:
María, modelo de la mujer
¿Qué les ha parecido el modelo que pinta la Virgen para la mujer? Levanten su mano, a ver qué les ha parecido el modelo de mujer que nos está poniendo la Virgen.
—Pues muy lejos de lo que se ve en la actualidad, porque simplemente en el vestir y todo eso, o sea, desde niñas ya andan así como mostrando todo. Está muy lejos de lo que debería ser, mostrando todo el vestido que traen, ¿no?
O sea, en realidad estamos entrando en un campo que yo entiendo es muy difícil, porque no es nada más para la mujer. Decíamos al principio que también es para el hombre. Estamos en un mundo donde hemos totalmente distorsionado la imagen del ser humano.
El ser humano debería estar enfocado en continuar el ejemplo de ¿quién? De María en la mujer, de Jesús en el hombre. De María en el hombre, siguiendo su recogimiento, su obediencia, toda esa parte de decir sí en todo. En la parte de Jesús, siguiendo sus enseñanzas y, sobre todo, viviendo lo que Él quiere que vivamos.
Una de las cosas importantes de las que no hemos hablado es que Jesús dice que, cuando el alma se decide a vivir en la Divina Voluntad, va a haber un cambio de temperamento.
Entonces, la pregunta es: ¿qué es temperamento y cuál es el temperamento de Jesús?
El temperamento es heredado, es algo con lo que nacemos. ¿Qué puede ser? Hay varios tipos: el colérico, el flemático, en fin, son características de cómo reaccionamos.
Y el temperamento de Jesús Él lo define como sus atributos.
Por lo tanto, cuando la criatura entra a vivir en la Divina Voluntad, tiene que dejar todo lo propio. Y dentro de lo propio están los atributos; no darle salida a ese componente de nuestra naturaleza.
Si soy agresivo, de esas personas que cualquier cosa las hace explotar; si soy de esas personas que son el gordito alegre, el «pánico», que le llaman, o el que todo lo toma a la ligera, al que nada le importa, nada le afecta, eso tenemos que dejarlo.
Y ahora vamos a reaccionar con los atributos de Dios.
¿Qué atributos tendrá Jesús?
La paz, la misericordia, el perdón, el amor, en fin. Y con eso es con lo que debemos reaccionar.
Por lo tanto, esto incumbe tanto a la mujer como al hombre. No hay diferencia.
En cuanto al papel de la mujer y del hombre, ahí sí hay marcadas diferencias, que las vamos a ver. Pero entendamos que, en términos generales, la Virgen y Jesús nos están hablando más que nada para la mujer, ¿de acuerdo? Pero el hombre que no se haga de la vista gorda, porque también le cae todo lo que estamos mencionando.
Una condición necesaria para la Redención: María
Una condición necesaria para la Redención es María.
En el Libro 26, lectura 23, dice:
«La Redención y el Reino de mi Divina Voluntad han ido siempre juntos.
Para venir la Redención se necesitaba una criatura que viviese de Voluntad Divina, como vivía Adán inocente en el Edén antes de pecar.
Y esto con justicia, con sabiduría, por nuestro decoro, a fin de que el rescate del hombre caído estuviese basado sobre el principio del orden de nuestra sabiduría, que creaba al hombre.
Si no hubiera una criatura en la cual mi Fiat Divino tuviera su reino, la Redención sería un sueño».
Hablábamos el día de ayer que la finalidad primaria de la Redención es establecer el Reino.
¿Qué nos están llevando poco a poco hacia eso? Para que nos puedan redimir, se necesita forzosamente una criatura que viva en la Divina Voluntad.
Si no existe esa criatura, la Redención no se hubiera llevado a cabo.
Y la pregunta es: ¿por qué?
Porque, si no hubiera una persona en estas condiciones, no habría podido rescatar Dios los intereses de lo que Él ha puesto en juego.
O sea, Él pone su vida, está poniendo su vida como si fuera un juego de azar. Llega a la ruleta y apuesta su vida.
Y Él mismo dice que, en el principio, jugó un juego de azar y perdió su vida con Adán.
Y dice: «Ahora voy a volver a jugar un juego de azar, pero ahora quiero ganar».
Y ese ganar está no en María, sino en Luisa.
Recordemos que María es otra cosa; no entra dentro del rango normal de criaturas. María vive en la Divina Voluntad.es especial. María es inmaculada. María, desde el principio, María tuvo que tener una prueba, pero esa prueba la vivió para ratificar su inmaculadez. En fin, María es diferente.
Por lo tanto, el juego de azar que Dios vuelve a jugar lo juega con Luisa. Él vuelve a poner, vuelve a apostar su vida y en Luisa tiene éxito.
En Luisa se le retribuye todo lo que Él quería recibir de aquella apuesta: la gloria, la alabanza, el amor, la reparación. Eso es lo que Él recibe.
Pregunta sobre la tumba de Luisa Piccarreta
—Doctor Thomassiny, tengo una duda con respecto a Luisa Piccarreta. ¿Existe su tumba?
—Sí.
—Ah, perdón, no lo sabía. Quería saber en dónde. Perdón, ¿en dónde?
—En Italia, en Corato.
—¿En Corato? ¿Existe para visitarla algún día?
—¿Para qué?
—Para visitar la tumba de Luisa Piccarreta.
—Bueno, nada más verifique que no esté de viaje.
Entonces, repito: si no hubiera una criatura en la cual mi Fiat Divino tuviera su reino, la Redención sería un sueño, no una realidad.
Porque, si en la Virgen no estuviera su total dominio, la voluntad divina y la humana quedarían como en rivalidad y a distancia de la humanidad.
Así que la Redención era imposible. Sin la Virgen no hubiera habido Redención.
Todo esto, no sé si estén de acuerdo conmigo, nos lleva realmente a entristecernos por los protestantes. Tienen a un Jesús sin madre. No tienen madre.Se oye feo, pero no es grosería, ¿eh? O sea, los protestantes no tienen madre.
Y entonces la pregunta que nos hacemos es: ¿qué clase de purgatorio podrán llevar estas personas, si es que se salvan? ¿Cómo se lo imaginan?
Un purgatorio tremendo, porque tienen que aceptar lo que toda la vida han rechazado. Tienen que dejar de odiar a esa persona que es la Virgen para llegar a amarla y, sobre todo, llegar a sentir el enorme dolor de haberla rechazado toda su vida.
Qué terrible, en verdad, para ellos.
La Redención como preparación para el Reino
Un poco más adelante, en esta lectura, dice:
«Mi Evangelio se puede llamar las vocales, las consonantes, que, haciendo de heraldos, llamaban la atención de los pueblos a esperar algunas lecciones más importantes que debían llevarles un bien más grande que la misma Redención.
Mis mismas penas, mi muerte y mi resurrección, confirmación de la Redención, son preparativo del Reino de mi Querer Divino».
O sea, todo lo que conocemos, todo lo que hemos estado creyendo, todo lo que Jesús realizó no es para lo que nosotros creemos.
Nosotros creemos que es para salvarnos nada más.
No. Todo eso es preparación para poder llegar al punto del Reino de la Divina Voluntad en la tierra.
La concepción de la Virgen
En el Libro 15, lectura 1, dice:
«Las tres divinas personas hicieron competencia.
- El Padre hizo salir un mar inmenso de potencia;
- Yo, Hijo, saqué un mar infinito de sabiduría, y
- el Espíritu Santo, un mar inmenso de eterno amor, que, fundiéndose, formaron un solo mar.
Y en medio de este mar fue formada la concepción de esta Virgen elegida entre las elegidas.
Así que la Divinidad suministró la sustancia de esta concepción».
Por eso la Virgen es única en la familia humana. Nadie ha sido formado de esta manera. Después de Adán y Eva, nadie más que la Virgen, y después de la Virgen, ninguno.
Esto es lo que permite exentarla del pecado original. Es lo que hace que la culpa original no entre dentro de este mar, porque es Dios mismo.
La creación del alma de la Virgen no es hacia afuera; no es una orden de Dios de «hágase», o «que haya», o «que exista», sino que es hacia adentro. Sale de dentro de la Divinidad y por eso es que es inmaculada, no tiene acceso a la culpa original.
Entonces,
el Padre, mar inmenso de potencia;
el Hijo, mar infinito de sabiduría;
y el Espíritu Santo, mar inmenso de eterno amor,
que se funden y forman un solo mar, que es el mar de la Divinidad.
El acto único de Dios
Aquí, en el Libro 16, lectura 36, dice:
«Tú debes saber que mi Divinidad es un acto solo. Todos los actos suyos se concentran en uno solo».
Esto significa ser Dios. El portento más grande de nuestra esencia divina es no estar sujeta a sucesión de actos.
Y si a la criatura le parece que ahora hacemos una cosa y ahora otra, es más bien que hacemos conocer lo que hay en aquel acto solo.
Porque la criatura, incapaz de conocerlo todo de un solo golpe, se lo hacemos conocer poco a poco.
Dios es un acto único.
¿Cuál será el acto único de Dios? ¿Cómo se lo imaginan?
—El estado presente.
—¿Qué tiene?
—Pues yo pienso que el acto es como el estado presente, o no sé, doctor.
—No, pero ¿cuál es el acto?
—El acto.
—Bueno, caliente, caliente.
—¿Dónde están todos sus dones y atributos de Dios?
—Ah, bueno, tibia.
El primer acto que Dios hace es el acto único de Dios. Es el Divino Querer.
Miren, 1.el primer acto que Dios hace es generar al Hijo.
—Sí, la generación.
—Y después de la generación, ¿qué sigue?
—2.La procedencia del Espíritu Santo.
Para nosotros, criaturas, debemos entenderlo como si hubiera habido en el tiempo pausas. Sabemos que esto es eterno y todo en el mismo tiempo.
Dios nunca ha estado solo y diciendo: «Voy a generar». Es la naturaleza de Dios.
- Es Dios generando, el Padre generando,
- el Hijo correspondiendo y
- el Espíritu Santo procediendo. Eso es Dios.
Ahora, ese es el acto único de Dios.
Y dice Jesús:
«De la felicidad que este acto produce emanan todas las bienaventuranzas que existen en el cielo. Y de los bienes que este acto produjo es de donde sale toda la creación».
Si entiendo esto, voy a entender que lo único que Dios hace es estar generando y procediendo. Todo lo demás son efectos de ese acto.
El ejemplo del sol y los colores
Nos resulta a veces confuso. Vamos a poner al sol como ejemplo.
Ustedes están acostumbrados a ver colores, ¿verdad? Y la pregunta es: ¿en realidad las cosas son de color?
Y dicen: «¿Cómo no? Miren, esto es amarillo».
Sí. Esto sale de nuestra capacidad, pero las cosas no son de color; el color está en el sol.
El color es un atributo que Dios le puso al sol. Y ahora ese atributo sale a través de los rayos del sol y, dependiendo del lugar o del plano donde se refleja, es el color que aparece.
O sea, las cosas no son de color, sino que tienen una determinada sustancia que absorbe algunos rayos y rechaza otros. Y eso es lo que da el color.
Entonces, el sol está dando el color a todo.
Ustedes conocen las diferentes flores que hay, los diferentes tipos de árboles, los diferentes frutos, los diferentes cereales. Y la pregunta es: ¿de dónde salen?
Del sol.
El sol es el que tiene todos los atributos para que el mango sepa a mango.
Sí, porque, si no, la pregunta es: ¿de dónde se inventó Dios el sabor del mango?
Son atributos de Él que pone de manifiesto en las cosas creadas, pero a través de los rayos del sol.
Y así de muchas cosas más, pero con este ejemplo creo que basta.
Entonces, el sol en Dios sería su acto único, que es generar y proceder. Y de esos bienes y de esa felicidad que le brinda a Él emana todo lo que existe: todo lo que existe en el cielo como bienaventuranza y todo lo que existe en el mundo como creación.
Ese es el acto único de Dios.
¿Por qué estábamos hablando de esto?
Perdón, pero a veces me pierdo y empiezo a hablar de cosas que no se estaban poniendo de comparación.
Bueno, entonces:
«Mi Divinidad es un acto solo».
De aquí salió: «Mi Divinidad es un acto solo».
Dice:
«Todos los actos suyos se concentran en uno solo. Esto significa ser Dios, el portento más grande de nuestra esencia divina: no estar sujeta a sucesión de actos.
Y si a la criatura le parece que ahora hacemos una cosa y ahora otra, es más bien que hacemos conocer lo que hay en aquel acto solo, porque la criatura, incapaz de conocerlo todo de un solo golpe, se lo hacemos conocer poco a poco».
Dice:
«Ahora, todo lo que Yo, Verbo eterno, debía hacer en mi asumida humanidad, formaba un solo acto con aquel acto único que contiene mi Divinidad».
—Doctor, ¿puedo hacer una pregunta? Es que esto no quedó claro y me están preguntando si el acto único de Dios no es el Divino Querer.
—Dios sí, pero no han entendido qué es el acto único de Dios.
El querer, vamos a aclarar: ¿qué quiere decir el querer?
Es que todos los actos de Dios, todo lo que Él hace como acto o como efecto, están unidos en un solo acto, que es el querer divino.
¿Sí? O sea, se llama querer divino y donde hay actos hay vida.
Si el acto único de Dios es todos los actos juntos de Él, ¿a qué lo podríamos comparar?
A la vida divina.
Todos los actos de ustedes, todo lo que han hecho en la vida, ¿dónde lo vemos? En ustedes. Ustedes son el resultado de todo lo que han hecho en su vida.
¿Sí se entiende eso?
Bueno, el querer divino es el resultado de todo lo que Dios ha realizado y ese es el final donde debemos estar.
O sea, el Reino de la Divina Voluntad no es final. No es final.
La Divina Voluntad de nosotros es un medio para lograr desarrollar en uno la vida divina.
Y la vida divina se va a unir al querer divino, que es el único lugar donde puede estar.
O sea, la finalidad última de nosotros es morar, actuar en el querer divino. El medio para lograrlo es la Divina Voluntad. ¿De acuerdo?
Entonces, dice:
«Todo lo que Yo, Verbo eterno, debía hacer en mi asumida humanidad, formaba un solo acto con aquel acto único que contiene mi Divinidad».
¿Cómo lo podemos poner dentro del Evangelio?
—Me niego.
Dice:
«Yo, Verbo eterno, debía ser en mi asumida humanidad y se formaba un solo acto con aquel acto único que contiene mi Divinidad».
Así que antes de que esta… No, bueno, eso ya no es el acto único de Dios. El acto único de Jesús se une al acto único de Dios.
¿Qué quiere decir?
Cuando Jesús promete que el Espíritu Santo nos va a conducir poco a poco hasta la verdad plena, ¿se acuerdan qué dice?
O sea, les está diciendo al Padre: «Yo en ellos, Tú, Padre, en mí, para que ahora ellos sean uno con nosotros, como Tú y Yo somos uno».
El acto único de Jesús, toda su vida, todo lo que hizo, se une al acto único de Dios, como Tú y Yo somos uno.
Y luego dice:
«El Espíritu Santo los va a conducir poco a poco hasta la verdad plena».
¿Cuál es la verdad plena? Jesús. «Yo soy el camino, la verdad y la vida».
Y después dice: «No hablará de lo suyo».
Esto es importantísimo.
El Espíritu Santo no va a hablar de lo de Él.
¿Por qué no hablará de lo de Él? Porque Él no tiene nada propio.
El Espíritu Santo no tiene nada propio.
—¿De dónde procede el Espíritu Santo?
—Del Padre.
Del movimiento del Padre y del Hijo.
Por lo tanto, el Espíritu Santo, ¿qué es? La unión del Padre con el Hijo.
¿Qué tiene el Espíritu Santo de propio? Nada.
¿Qué tienen ustedes de propio? Sus actos. Nada más, porque ustedes son mitad mamá y mitad papá.
Un niño, cuando nace, ¿tiene algo propio?
Nada. Es la parte masculina y la parte femenina unidas en aquel ser.
Lo único que le es propio es el acto, lo que lleva a cabo.
El Espíritu Santo lo único que tiene propio es el acto.
¿Y cuál será el acto del amor divino?
Comunicar lo que tiene.
Entonces, «no hablará de lo suyo, hablará de lo mío», y digo mío porque todo lo del Padre es mío.
¿Se dan cuenta de lo que está diciendo aquí?
O sea, el acto único de Jesús se une al acto único de la Divinidad para formar un solo acto.
Y entonces, cuando se habla de Jesús, se está hablando del Padre.
—Doctor, ¿sería acaso algo así como san Pablo, que decía: «No soy yo quien actúa, es Dios actuando en mí»?
—Ahí son dos actos lo que está sucediendo. Ahí está. Lo podemos relacionar con esto. Si el acto único de Jesús está unido al acto único de Dios, formando un solo acto, ahora, ¿qué está haciendo el acto de Jesús? ¿Qué estará haciendo? Comiendo.
Jesús está comiendo, pero, junto, unido, está el acto único de Dios que está haciendo, a través del comer de Jesús, creando, redimiendo, santificando, beatificando a todas las almas, así a todos los salvados, creando almas, juzgando.
Todo eso, el acto único de Dios, se mueve a través del acto único de Jesús.
Entonces, es un acto doble: el acto de la humanidad y el acto de la Divinidad juntos.
¿Se entiende? A ver, ahora explíquemelo.
—Creo que lo entiendo, pero nadie…
Estamos en un punto en que simplemente estamos mencionando lo que Jesús dice, pero lograr captarlo…
Sabemos, de alguna manera, que todo lo que Dios hace no tiene principio ni final, porque todo se hace en un eterno presente.
Todo lo que Dios hizo en la creación está desde la eternidad en la mente de Dios, porque es un eterno presente.
Ahora, ¿cómo se continúa? ¿Cómo se continúa eso?
Jesús nos dice que en la Eucaristía está Él repitiendo su Pasión para redimir a todo el mundo.
¿Cómo se lo imaginan?
Ayer hablábamos y preguntábamos si entendemos cómo es que Jesús está en esa… No lo entendemos, pero la Pasión de Él se está repitiendo.
Y ahora la pregunta es: ¿la Pasión de Jesús está volviéndose a poner?
Sí, nada más que luego, en un diálogo con Luisa, le dice:
«Hija mía, mi humanidad es gloriosa, incapaz de sufrir, Por lo tanto, voy buscando nuevas humanidades donde poder seguir sufriendo».
¿Quién está hablando? El Verbo eterno es el que está hablando ahí.
Dice:
«Mi humanidad es gloriosa, ya no es capaz de sufrir y por eso voy buscando humanidades donde poder seguir sufriendo, ¿sí?, para seguir redimiendo».
Esa Redención de Jesús se continúa a través de nosotros. Se continúa a través del sacramento de la Eucaristía.
Sí, logramos medio entender cómo es que está en acto continuo.
—Yo le presto mi humanidad.
—¡Qué dadivosa!
—Así es.
María, concebida en los méritos de Cristo
Dice:
«Así que, antes de que esta noble criatura fuera concebida, ya existía todo lo que debía hacer en la tierra el Verbo eterno».
Antes de que María fuera concebida, todo lo que Jesús iba a realizar en la tierra ya estaba presente, ya existía.
Por lo tanto:
«En el acto en que esta Virgen fue concebida, se alinearon en torno a su concepción todos mis méritos, mis penas, mi sangre, todo lo que contenía la vida de un hombre Dios, y quedó concebida en los interminables abismos de mis méritos, de mi sangre divina, en el mar inmenso de mis penas.
Y en virtud de ello quedó inmaculada, bella y pura.
Al enemigo le quedó cerrado el paso por los incalculables méritos míos y no pudo hacerle ningún daño.
Era justo que quien debía concebir al Hijo de un Dios debía primero ser ella concebida en las obras de este Dios, para poder tener virtud de concebir al Verbo que debía venir a redimir al género humano.
Así que ella primero quedó concebida en mí y Yo quedé concebido en ella».
—María…
—Ah, doctor. Entonces, cuando la Virgen es concebida, también tiene la ciencia infusa y sabe todos los padecimientos y sufrimientos que su Hijo va a sufrir.
—Así es. ¿No lo acabas de decir?
—No, pues son bastantes espadas de sufrimiento que penetran su corazón. María tiene que ser redimida antes.
—Sí.
O sea, si no fuera así, María pertenece a la familia humana y la familia humana tiene como consecuencia recibir la mancha original. Eso se perdonaría a través del bautismo.
María lo recibe en el momento de ser concebida.
Eso es lo que hace que ella sea inmaculada.
O sea, Dios la creó inmaculada, pero nadie es aceptable a Él sin la prueba. Nadie, ni la Virgen.
Por lo tanto, una vez que la Virgen ya está creada su alma, ahora la Virgen tiene que ser probada.
Y la prueba que le ponen es, dice Jesús, que le hicieron presente, le hicieron ver todo lo que Dios quería y había hecho, todo lo que Dios quería de la familia humana.
Y al mismo tiempo le hicieron ver lo que la voluntad humana había hecho.
Y por eso María dice:
«Tuve horror de mi voluntad. Tuve horror de ver lo que mi voluntad puede hacer».
Y entonces juré no valerme jamás de ella.
Y esa prueba, esa respuesta, es lo que le asegura su inmaculadez.
O sea, es creada inmaculada, pero ella consigue que esa inmaculadez quede en ella para siempre.
Este vivir en la Divina Voluntad es lo que hace que ella tenga todas las gracias, todos los dones y la hace merecedora de ser la Madre del Verbo eterno.
Sí. O sea, nosotros lo pensamos al revés.
Nosotros pensamos que, por ser inmaculada, por ser la llena de gracia, es por lo que pudo ser Madre del Verbo eterno.
No es por haber vivido toda su vida en la Divina Voluntad que es inmaculada, que es la llena de gracia y que es la Madre del Verbo eterno.
La primera prueba de María
17,25.
Dice:
«Mi mamá tuvo su primera prueba desde el primer instante de su concepción.
En cuanto tuvo su primer acto de razón, conoció su voluntad humana por una parte y la voluntad divina por la otra, y fue dejada libre para elegir a cuál de las dos debía adherirse.
Y ella, sin perder un instante y conociendo la magnitud del sacrificio que hacía, nos donó su voluntad sin quererla conocer y nosotros le hicimos don de la nuestra.
Y en este intercambio de donación de voluntades concurrieron todos los méritos, las bellezas, los prodigios, los mares inmensos de gracia en la Inmaculada Concepción de la más privilegiada de todas las criaturas.
Es siempre la voluntad la que tengo costumbre de probar.
Todos los sacrificios, aun la muerte, sin la voluntad me darían asco y no atraerían ni siquiera una de mis miradas.
Y se quiere saber cuál fue el más grande prodigio obrado por nosotros en esta criatura tan santa, y el más grande heroísmo que ninguno, ninguno podrá jamás igualar.
Su vida la comenzó con nuestra voluntad, la siguió y la cumplió».
O sea, toda su vida la vivió en la Divina Voluntad. Nunca tuvo un acto de voluntad humana, nunca.
Ese es el gran prodigio de la Virgen.
Dice:
«Esto la elevó tanto que lo que nosotros éramos por naturaleza, ella lo era por gracia».
Dice:
«El haber vivido toda su vida en mi voluntad continua desbordante sobre de ella, le participaba la naturaleza divina».
La grandeza de María
Todo esto nos lo reafirma prácticamente en varias lecturas.
Esta es muy pequeña. Es del Libro 23, lectura 21, donde dice:
«¿Sabes tú dónde está toda la grandeza de ella? ¿Quién le dio la soberanía? ¿Quién formó los mares de luz, de santidad, de gracia, de amor, de belleza, de potencia dentro y fuera de ella?
Hija mía, lo humano no sabe hacer jamás cosas grandes».
Ojo con esto. Lo humano no sabe hacer jamás obras grandes.
Por eso es que todo lo que podamos hacer desde nuestra voluntad no tiene el alcance para satisfacer ni el amor, ni la gloria, ni la reparación que Dios requiere.
No importa lo que hagamos, no importa a qué nos expongamos, no importan los sacrificios que hagamos. Nada puede satisfacer lo que Dios requiere de nosotros.
Por eso es que ahora, en la Divina Voluntad, Él está tan interesado en que esto se cumpla.
O sea, Él quiere venir, Él quiere estar en nosotros para poder satisfacer las necesidades afectivas de amor del Padre y de Él mismo.
Dice:
«Si ella, María, no hubiera puesto como a un lado su querer, o sea, sus actos, que era la pequeña luz, y no haciéndose investir por mi querer divino, no hubiera podido satisfacer al Padre».
Todo esto, que es como un adelanto de lo que es María, nos lleva a ir considerando poco a poco quién es nuestra Madre.
O sea, no es nada más la mamá, no es todo lo que le dieron. Lo que la hace grande es ella. Ella, con sus actos, con su decisión, con su entrega, lo que la hizo grande, porque vivió toda su vida en la Divina Voluntad.
La Inmaculada Concepción y la vida de la Divina Voluntad en María
La prueba de esto está en esta lectura donde habla de la Inmaculada Concepción, que es el
Libro 25, lectura 12.
Es una lectura donde Jesús va a hablar de la fiesta de la Inmaculada Concepción. Ya la habrán leído, creo. Vamos a tratar de repasarla un poco.
Y dice:
«Estaba pensando Luisa: ¿por qué toda la creación exultó de alegría y festejó tanto a la Inmaculada Reina en su Inmaculada Concepción?»
Y entonces Jesús le dice:
«Porque la Divina Voluntad tuvo el principio de su vida en la niña celestial, por lo tanto, el principio de todos los bienes en todas las criaturas».
La Divina Voluntad tiene principio de vida en el mundo a través de la Virgen y podríamos decir que es el renacimiento de la Divina Voluntad.
¿Por qué renacimiento?
Porque había estado en Adán y Adán no la continuó.
Por lo tanto, ahí se perdió la vida de la Divina Voluntad y ahora renace nuevamente, pero renace en María.
Gracias a esto se tuvo la potencia de unir lo divino y lo humano, y dio a Dios lo que el humano no le había dado y negado, cuál era su voluntad, y dio a los hombres el derecho de poder ascender a los abrazos de su Creador.
Y luego dice:
«Hoy es la fiesta de la Inmaculada Concepción».
Está hablándolo en un 8 de diciembre de 1928.
Entonces:
«Hoy es la fiesta de la Inmaculada Concepción. Mares de amor, de belleza, de potencia y de felicidad desbordan de la Divinidad sobre esta celestial criatura».
Y lo que impide que las criaturas puedan entrar en estos mares es la voluntad humana.
Queremos acercarnos a la Virgen, queremos entrar en esta unión con ella. Nuestra voluntad es un obstáculo para poder entrar, para poder convivir con la Madre.
Dice Jesús:
«Estos mares se están desbordando y la Reina Madre espera a sus hijas para hacerlas vivir en estos mares, para convertirlas en tantas pequeñas reinas».
Pero le está prohibida la entrada a la voluntad humana.
Así que no se hagan ilusiones. Todas las devociones, todo lo que hagamos hacia la Virgen, no tiene la potencia para poder entrar en unión con ella.
No lo estamos diciendo nosotros, simplemente es lo que Jesús está diciendo a través del escrito.
Entonces, la Virgen está esperando para hacernos vivir en esos mares, para convertirnos en pequeñas reinas.
Sí, pero le está prohibida la entrada a la voluntad humana. No hay lugar para ella y solo puede tener acceso quien vive de Voluntad Divina.
Solo puede tener acceso quien vive de Voluntad Divina.
Si nos estamos dando cuenta, la voluntad humana nos impidió estar con Dios. La voluntad humana nos impide la cercanía, la intimidad con Jesús.
Jesús deposita todo lo de Él hacia nosotros, lo deposita en María.
Pero ahora, para acercarme a María, mi voluntad humana me impide acercarme a María para recibir todo lo que ella contiene.
Entonces, la pregunta es: ¿qué estamos haciendo? ¿Qué estamos haciendo?
Queremos vivir, queremos entrar, pero yo mismo digo: «No, no quiero entrar en relación con María». Y yo mismo digo: «No, no quiero, no puedo. Yo cierro la puerta con mi voluntad humana».
—Doctor, ¿usted cree que san Luis Grignion de Montfort nos puede ayudar también para estar con María?
—Yo creo que lo que la puede ayudar es la Divina Voluntad.
—Pero digamos que el paso previo es leer a Grignion de Montfort y luego ya puedo entrar más allá.
—Yo creo que el paso previo es leer La Reina del Cielo.
—Ah, La Reina del Cielo. Okay.
O sea, vamos a entender que Grignion de Montfort es lo que el hombre piensa de María.
—Grande. Sí, es muy grande. Es una… no le puedo llamar devoción. Es entrar realmente en lo que María es, en lo que María quiere, pero desde la voluntad humana. Y estamos escuchando que la voluntad humana le cierra la puerta.
Entonces, no vayamos a tocar una puerta; mejor vamos a abrir esa puerta.
—Sí, muy bien.
Y la forma de abrirla es con la voluntad divina.
—Sí, gracias, doctor.
Y se le está prohibida la entrada a la voluntad humana. No hay lugar para ella y solo puede tener acceso quien vive de Voluntad Divina.
Por eso, hija mía, puedes entrar cuando quieras en los mares de tu mamá. Mi Divina Voluntad te avala y con ella tendrás libre el paso y la entrada.
Es más, ella te espera, te quiere con ella y a nosotros y a ella nos volverás doblemente felices por causa de tu felicidad.
Dice:
«Hoy es la fiesta más grande, día de la misma cruz, porque la Divina Voluntad tuvo vida en la Reina del Cielo.
Fue la fiesta de todas las fiestas.
Fue el primer beso, el primer abrazo divino que la criatura daba a su Creador en virtud de nuestro Fiat, que la soberana niña poseía, la criatura que se sentaba a la mesa con su Creador».
Así que hoy es también tu fiesta.
No es solamente la fiesta de María. Hoy es también tu fiesta, Luisa, y por qué no también tu fiesta de cada uno de ustedes allá.
—Doctor, por lo que estoy entendiendo, el paso previo para llegar a la Divina Voluntad es a través de María. María nos va a conducir hacia…
—María nos va a conducir.
—Exactamente. Es primero María. Ella nos va a conducir para llegar a la Divina Voluntad.
—¿Ha leído la obra de La Reina del Cielo?
—¿El qué?
—¿Que si ha leído el libro de La Reina del Cielo?
—Ajá. Lo estoy empezando. Tengo dos semanas de entrar a un grupo.
—Ah, bueno, entonces no lo ha leído. Léalo, porque es María tomándonos de la mano y diciéndonos: «Ven, yo te conduzco. Yo te conduzco».
—Es lo que estoy…
—Gracias.
Entonces, hoy es la fiesta más grande, porque la Divina Voluntad tuvo vida en la Reina del Cielo.
Fue la fiesta de todas las fiestas, el primer beso, el primer abrazo divino que la criatura daba a su Creador en virtud de nuestro Fiat, que la soberana niña poseía, la criatura que se sentaba a la mesa con su Creador.
Así que hoy es también tu fiesta, en modo especial por la misión que te ha dado mi Divina Voluntad.
Por eso, ven a los mares de la Inmaculada Reina a gozar su fiesta y tu fiesta.
Dice:
«Se puede decir que hoy mi mamá soberana recibe de la Iglesia los honores divinos, honrando en ella, como primer acto de su vida, la vida de la Divina Voluntad.
Estos son los honores más grandes que se le pueden dar, porque el querer humano no tuvo jamás vida en ella, sino siempre, siempre la Divina Voluntad, el secreto de su santidad, de su altura, potencia, belleza y grandeza.
Y todo lo demás fue mi Fiat, que con su calor extinguió la mancha de origen y la concibió inmaculada y pura.
Y mi Iglesia, en vez de honrar a mi Voluntad Divina, causa primaria y acto primero, honraba los efectos de ella y la proclamaba inmaculada, concebida sin pecado, cuando esta fiesta debería de ser la fiesta de la Divina Voluntad».
Dice:
«Se puede decir que hoy se festeja con decoro, gloria divina y magnificencia la fiesta de la Inmaculada Concepción, que se puede llamar con más verdad la concepción de la Divina Voluntad en la soberana del cielo».
No es la Inmaculada Concepción de María.
Es la concepción de la Divina Voluntad en María.
Quisiera escuchar sus opiniones.
—Yo, doctor, quería comentar que realmente esto es maravilloso, grande, grandísimo, porque el vivir en la Divina Voluntad con un solo acto, un parpadeo mío, estoy dando honor, honra, gloria, amor divino a mi Creador.
Pero, además, mi Creador… estoy moviendo a todo un Dios. Y mi Creador está derramando ese rocío benéfico sobre toda la humanidad.
—Sí, pero no solo en el presente, sino abarcando pasado, presente y futuro.
—Entonces, esto es realmente grande, porque tengo a nuestra Reina, que nos muestra que en su sencillez, en su humildad, viviendo en la casita de Nazaret, haciendo lo que le correspondía como madre, estaba divinizando todo. Era actor y divinizador, no solo contemplaba. Y eso es grande, ¿no?
—Eso es lo que estoy llevando.
—Así es.
¿Alguna otra opinión?
Bueno, pues no.
María, depositaria del amor divino
Dice:
«De mi Fiat salió la creación. Del Fiat de mi amada mamá, dicho en mi querer, el cual tuvo la misma potencia de mi Fiat creador, salió la Redención».
Ya habíamos hablado de que Dios quiere seguir amándonos, pero que no es posible que nos ame porque no tenemos esa capacidad. Y, por tanto, ocultó su amor en la Virgen.
Ese amor para nosotros está en la Virgen.
En el Libro 33, lectura 8, dice:
«Debes saber que nosotros amábamos a todo el género humano, pero estábamos obligados a tener oculto en nuestro ser divino todo el fuego inmenso de nuestro amor, porque no encontrábamos en ellos ni belleza que raptara nuestro amor, ni amor que, hiriéndonos, hiciera salir nuestro amor para inundarlos, para hacerse conocer, amarlos y hacerse amar.
Más bien estaban inmersos en el letargo de las culpas, tanto de hacernos horrorizar al solo verlos.
Pero nuestro amor ardía. Los amábamos y queríamos hacer llegar nuestro amor a todos.
¿Cómo hacerlo? Debíamos usar una gran invención de nuestro amor para llegar a esto.
Y aquí, como llamamos a vida a la pequeña Virgencita María y creándola toda pura, toda santa, toda bella, toda amor, sin mancha de origen y haciendo concebir junto con ella nuestra misma Voluntad Divina, a fin de que entre ella y nosotros hubiera libre acceso, perenne unión e inseparabilidad.
Ahora la celestial Reina, con su belleza, nos raptaba y nuestro amor corría. Corría, con su amor nos hería, y nuestro amor desbordando se escondía en ella.
Y mirando a través de su belleza y de su amor a todas las criaturas, nuestro amor se desahogaba y amaba con amor oculto en esta celestial Reina a todas las criaturas.
Así que a todos amamos en ella. A través de su belleza no nos parecen más feas.
Nuestro amor no estaba más restringido en nosotros, sino difundido en el corazón de una criatura tan santa, que, comunicándole nuestra paternidad divina y amando a todos en ella, adquirió la maternidad divina para poder amar a todos como hijos suyos, generados por su Padre celestial».
El amor divino, ese amor de Dios que quisiéramos tener en nosotros, es ahí, en ella, donde lo podemos encontrar.
Podemos encontrar el amor paterno. Podemos encontrar ese amor paterno en amor materno, pero amor materno divino, no amor materno humano.
Podemos encontrar el amor de Jesús para nosotros. Podemos encontrar el propio amor de María para nosotros.
O sea, María es el receptáculo, prácticamente, del amor divino.
El manto de la Virgen y la Basílica de Guadalupe
Hace rato, en misa, ¿qué hicimos? ¿Qué hicieron? Pasar bajo el manto de la Virgen.
Sí. Y yo pregunto: ¿por qué nada más pasar por debajo del manto? ¿Qué sintieron? ¿Qué hicieron? ¿Qué es eso?
¿Se acuerdan del mensaje de María ahí en el Tepeyac?
Bueno, eso es lo que siempre recordamos: «¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?».
Es grande, sí. Eso es grande, pero mucho más grande el que dijo: «Quiero un templo aquí, porque es desde aquí desde donde quiero darles a mi Hijo».
Eso es grande. Quiere darles, quiere darnos a su Hijo desde la Basílica de Guadalupe.
En México saldrá la luz para todo el mundo. Eso ya lo han escuchado.
Entonces, la pregunta es: ¿cómo? ¿De qué manera?
—Por la Virgen.
—Exactamente, por la Virgen.
¿Por qué escogió un país tan…? Solamente ellos lo saben, ellos lo conocen, pero de México, gracias a la Virgen de Guadalupe, que viene a darnos a su Hijo desde aquí, es por lo que México será grande.
Entonces, recurramos a nuestra Madre, recurramos a ella, entreguémonos a nuestra Madre, no con la consagración a la Virgen nada más, sino consagrándonos a la Divina Voluntad, que es como podemos tener acceso real a ella.
¿Se entiende?
Ya dije cosas que no debería haber dicho.
En la Virgen se crea el perdón. O sea, en ella Dios ve a todos nosotros. Ella ruega por todos nosotros y crea el perdón para cada uno de nosotros.
O sea, que no solo encontramos el amor, sino que encontramos ahora el perdón de Dios para nosotros.
María, depositaria de la Eucaristía
Sí, María es la depositaria de la Eucaristía.
Cuando Jesús instituye el sacramento de la Eucaristía, como ya hemos dicho, Él busca primero poner en una persona todos los bienes para rescatar el amor, rescatar la gloria que merece aquella apuesta.
Y María se ofrece a decirle:
«Yo me ofrezco como depositaria de tu vida sacramental y yo te pago a nombre de toda la familia humana. Pero déjales este sacramento».
Si no hubiera sido por ella, no tendríamos Eucaristía.
Ella se ofrece a eso.
Si nos dimos cuenta, hemos abarcado una mínima parte de lo que es la segunda mujer en el plan de Dios.
La primera ya la vimos: Eva, que frustra todo.
Y la segunda es María, que es la que vuelve a poner en marcha todo el plan de Dios, es la que coopera junto con su Hijo en esa Redención de la humanidad.
Y Redención no se entienda como salvación; entiéndase rehacer al ser humano para lograr tener en él lo que Dios quiere poner, que es su voluntad, su vida divina.
Entonces, bueno, ya tenemos esta imagen, esta realidad, este conocimiento de la segunda mujer en el plan de Dios.



